
En un mundo donde la comunicación evoluciona a la velocidad de un clic, la relación entre la política y la técnica se ha convertido en un terreno de debate apasionante y necesario. ¿Qué estamos presenciando? ¿Un refinamiento de la democracia o una teatralización vacía de contenido? Este artículo no solo busca respuestas, sino que también nos reta a cuestionar nuestra percepción sobre el liderazgo y la comunicación en la política actual.
La Voz: El arte que sobrevive en la radio
La radio, ese medio que parece desafiado por las tecnologías modernas, sigue siendo un bastión de la palabra. En el discurso político tradicional, la voz no solo informa, sino que emociona. Los silencios estratégicos, el tono decidido y la modulación cuidadosa crean una conexión casi íntima con el oyente.
En Argentina, la radio ha sido un espacio clave para figuras como Juan Domingo Perón, quien supo utilizar su voz para movilizar multitudes y transmitir mensajes cargados de emoción y esperanza. Un ejemplo destacado es Eva Perón, quien utilizó la radio para dirigirse directamente a los sectores populares, transmitiendo mensajes cargados de emoción y solidaridad que conectaron profundamente con la audiencia. Su habilidad para hablarle a «los descamisados» la convirtió en una figura icónica de la comunicación política en Argentina.
Si Perón y Eva vivieran en la era del podcast, este formato sería una herramienta revolucionaria para su comunicación. Imaginemos a Perón utilizando episodios semanales para explicar conceptos como la Justicia Social o los principios del peronismo, creando una narrativa cercana y directa. Eva, por su parte, habría llevado su empatía y conexión emocional a nuevas audiencias, relatando historias de los sectores más vulnerables y generando un impacto aún mayor. La flexibilidad del podcast les habría permitido llegar a quienes no tienen acceso a los medios tradicionales, reforzando su mensaje y movilización. ¿Podríamos pensar en ellos como los pioneros del liderazgo digital?
Televisión: entre la imagen y la realidad
La televisión introdujo un nuevo paradigma en la comunicación política. Ya no basta con hablar bien; hay que verse bien. Los gestos, la mirada, el vestuario e incluso el fondo escenográfico son partes de un discurso que grita más de lo que dice. La imagen se ha convertido en un filtro a través del cual juzgamos a los líderes.
Un ejemplo paradigmático de cómo la televisión cambia la percepción política es el debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon en 1960. Mientras los oyentes de radio pensaron que Nixon había ganado, los televidentes favorecieron a Kennedy, cuya apariencia juvenil y confianza frente a las cámaras marcaron la diferencia. En Argentina, el fenómeno de la «imagen política» se refleja en figuras como Mauricio Macri, cuya presencia en pantalla fue cuidadosamente gestionada para proyectar modernidad y cercanía. Pero, ¿qué sucede cuando esta imagen calculada se desmorona ante una crisis real, como la que enfrentaron sus políticas económicas?
En esta era donde el brillo de la imagen puede opacar el contenido, ¿cuántos discursos genuinos se pierden porque el portador del mensaje no cumple con los estándares visuales del medio? Y peor aún, ¿cuántos liderazgos vacíos prosperan porque dominan el arte de posar frente a las cámaras? Este fenómeno nos lleva a cuestionar cómo evaluamos a nuestros líderes: ¿es la imagen una medida justa de su capacidad para gobernar?
Internet: democracia o anarquía de la información
Internet ha transformado la comunicación política en un espectáculo inmediato y constante. Un tuit puede hacer caer una campaña, un video viral puede encumbrar a un desconocido, y una mentira repetida millones de veces puede convertirse en verdad. La red no tiene árbitros, solo audiencias divididas entre el aplauso y el escándalo.
En el contexto argentino, redes sociales como Twitter y TikTok han sido un campo de batalla constante. Políticos como Javier Milei han construido una base de seguidores fieles a través de mensajes provocadores, videos virales y contenidos adaptados a las tendencias de TikTok, donde apela a las emociones y desafía el statu quo con un lenguaje accesible y directo que resuena con las nuevas generaciones. Este fenómeno pone en evidencia cómo el entretenimiento y la política se fusionan en un formato que, si bien amplifica el alcance del mensaje, también simplifica debates complejos.
A nivel global, Donald Trump fue un maestro en el uso de Twitter para establecer su narrativa y marcar la agenda mediática. Pero este juego tiene un costo: la complejidad de los problemas queda relegada a eslóganes de 280 caracteres o videos de pocos segundos. Nos corresponde preguntarnos: ¿Somos parte activa de esta nueva democracia digital, construyendo un debate enriquecedor, o simples espectadores de una tormenta de emociones contradictorias?
La Técnica: aliada o enemiga de la democracia
La técnica no es ni buena ni mala; es una herramienta. Pero su uso define la ética del discurso político. En la radio, puede ser el arte de la oratoria; en la televisión, la construcción de una narrativa visual; y en Internet, la capacidad de generar movimientos virales. Sin embargo, debemos cuestionar: ¿La técnica está ampliando la participación democrática o está creando burbujas donde solo se escucha lo que refuerza nuestras creencias?
¿Hacia dónde vamos?
La relación entre la política y la técnica nos invita a reflexionar sobre el tipo de democracia que estamos construyendo. ¿Queremos liderazgos que dominen la técnica para conectar con las masas o que utilicen esas herramientas para construir puentes hacia un debate más profundo y genuino?
Este es el desafío de nuestra era: encontrar un equilibrio donde la técnica no reemplace a las ideas, donde la imagen no anule la verdad, y donde las emociones no ahoguen la razón.
En definitiva, no se trata solo de cómo hablamos, nos vemos o sentimos. Se trata de cómo pensamos y, más importante, de cómo decidimos construir el futuro. Si esta reflexión nos interpela, tal vez sea hora de considerar cómo podemos ser parte del cambio. ¿Estamos preparados para exigir liderazgos más profundos, o seguiremos dejándonos llevar por la superficie del espectáculo mediático?




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