Lo que está ocurriendo en Colombia no puede leerse solamente como una elección entre dos candidatos. Tampoco alcanza con decir que “avanza la derecha” o que “retrocede la izquierda”. La coyuntura colombiana expresa algo más profundo: un cambio en el clima emocional de la opinión pública, donde la demanda de transformación social empieza a convivir, y en algunos segmentos a ser desplazada, por una demanda más urgente de orden, seguridad y control.

La derecha que hoy crece en Colombia no avanza únicamente por identidad ideológica. Avanza porque logra capturar un estado de ánimo. En política, muchas veces no gana quien tiene el programa más completo, sino quien logra nombrar mejor la preocupación dominante de una sociedad. Y hoy, para una parte importante del electorado colombiano, esa preocupación parece ser la pérdida de control: control sobre la seguridad, sobre la economía, sobre las instituciones y sobre el rumbo general del país.

El fenómeno tiene varias capas.

La primera es el desgaste del ciclo progresista. Gustavo Petro llegó al poder como expresión de una expectativa histórica: ampliar derechos, reformar estructuras, revisar el modelo económico y ofrecer una salida distinta al conflicto armado. Pero toda promesa de cambio, cuando llega al gobierno, deja de ser esperanza abstracta y se convierte en gestión concreta. Allí aparece la tensión. La ciudadanía ya no evalúa sólo intenciones, sino resultados. Y cuando la percepción cotidiana se organiza alrededor de inseguridad, incertidumbre económica, conflicto político e irritación institucional, el gobierno empieza a cargar con el costo emocional de la expectativa frustrada.

La segunda capa es la seguridad. Colombia tiene una historia particular: la palabra “orden” no es neutra. Está atravesada por décadas de conflicto armado, narcotráfico, guerrillas, paramilitarismo, Estado débil en territorios y violencia política. Por eso, cuando un candidato de derecha promete mano dura, no habla sólo a un votante ideológico. Habla a un ciudadano que siente miedo, hartazgo o desprotección. La promesa punitiva se vuelve atractiva porque ofrece una respuesta simple ante problemas muy complejos: cárcel, fuerza, autoridad, castigo, frontera clara entre buenos y malos.

Desde una mirada politológica, ese es uno de los puntos centrales: el avance de la derecha no se explica solamente por derechización cultural, sino por una reorganización de prioridades. En 2022, una parte de Colombia votó cambio. En 2026, una parte de esa misma sociedad parece preguntarse si el cambio trajo suficiente estabilidad. Cuando la promesa de transformación no logra ordenar la vida cotidiana, el péndulo puede moverse hacia candidatos que prometen mando antes que diálogo.

La tercera capa es el agotamiento del centro. En contextos de alta polarización, el centro suele ser decisivo, pero también vulnerable. Muchos votantes moderados no necesariamente aman a la derecha dura, pero pueden terminar acompañándola si sienten que la alternativa de izquierda representa continuidad, riesgo económico o conflicto permanente. A la inversa, tampoco todos los votantes de centro se sienten cómodos con un discurso punitivo o confrontativo. Por eso el voto blanco, la abstención o el voto defensivo pueden crecer. El centro no desaparece: se incomoda.

Ese punto es clave para entender la opinión pública. La segunda vuelta no se define únicamente por adhesión positiva. Se define también por rechazo. Hay voto a favor, pero también hay voto contra. Contra el petrismo. Contra la izquierda. Contra la derecha dura. Contra la incertidumbre. Contra la inseguridad. Contra el miedo a perder libertades. Contra el miedo a perder orden. En una elección polarizada, el rechazo puede ser tan importante como la confianza.

La derecha colombiana, además, no aparece igual a la derecha tradicional. No se presenta sólo como partido, estructura o élite institucional. Se presenta como identidad emocional: autoridad, patriotismo, castigo al delito, reducción del Estado, defensa de la propiedad, crítica al progresismo y promesa de eficiencia. Es una derecha más personalista, más comunicacional y más plebiscitaria. No pide simplemente administrar mejor: pide corregir el rumbo.

En ese sentido, Abelardo de la Espriella funciona como síntoma de época. Su fortaleza no surge únicamente de su perfil individual, sino de la disponibilidad social para escuchar un mensaje de orden fuerte. Hay un electorado que no busca matices, sino definición. No busca necesariamente una teoría de Estado, sino una sensación de mando. Eso es políticamente potente, aunque también riesgoso: las sociedades cansadas pueden confundir autoridad con solución, y velocidad con eficacia.

Del otro lado, Iván Cepeda enfrenta un desafío distinto. Su base progresista es intensa, territorial y con identidad clara, pero para ganar necesita ampliar. Y ampliar implica hablarle a votantes que no necesariamente rechazan todas las banderas sociales del progresismo, pero sí temen una continuidad conflictiva o una radicalización institucional. Su dilema es clásico para las izquierdas de gobierno: cómo defender una agenda de derechos y reformas sin quedar atrapado en el balance completo del oficialismo saliente.

Por eso, la disputa colombiana no es solamente izquierda contra derecha. Es transformación contra orden. Es continuidad reformista contra giro punitivo. Es paz negociada contra seguridad coercitiva. Es Estado social contra Estado reducido. Pero, sobre todo, es una pelea por interpretar el malestar.

La opinión pública parece estar atravesada por una doble ansiedad. Una parte teme que la continuidad del proyecto progresista profundice la incertidumbre. Otra teme que la derecha, en nombre del orden, erosione garantías democráticas o cierre caminos de diálogo. Ese doble miedo organiza la elección. Y cuando una sociedad vota desde el miedo, el resultado suele depender menos de los programas y más de cuál temor se vuelve dominante en los últimos días.

El avance de la derecha en Colombia, entonces, no debe ser leído como un simple giro conservador. Es una respuesta política a una sensación social de desorden. Es un voto de corrección. Un voto de autoridad. Un voto que expresa cansancio con la promesa incumplida o insuficiente del cambio. Pero también es un voto que puede cargar contradicciones: pedir más seguridad sin resolver desigualdad, pedir menos Estado donde el Estado nunca llegó del todo, pedir orden en territorios donde el problema no es sólo falta de castigo, sino ausencia histórica de institucionalidad.

La pregunta de fondo es si Colombia está entrando en una nueva etapa de alternancia democrática o en un ciclo más duro de polarización. Porque una cosa es que la ciudadanía demande corrección, y otra muy distinta es que el sistema político transforme esa demanda en revancha. El próximo gobierno, sea cual sea, no recibirá un país pacificado, sino un país partido. Y gobernar un país partido exige algo más que ganar una elección.

En términos de opinión pública, la señal es clara: la derecha crece porque hoy logra representar mejor el deseo de orden de una parte importante de la sociedad. Pero ese crecimiento no implica que la sociedad colombiana haya abandonado todas las demandas sociales que llevaron al progresismo al poder. Más bien muestra una tensión: Colombia quiere seguridad, pero también inclusión; quiere autoridad, pero también democracia; quiere estabilidad, pero no necesariamente resignación.

La elección, en el fondo, está diciendo que el electorado colombiano no se volvió simple. Se volvió exigente, desconfiado y más impaciente. Ya no alcanza con prometer cambio. Tampoco alcanza con prometer mano dura. La sociedad está pidiendo resultados. Y en esa exigencia, la derecha encontró una oportunidad política.

El desenlace electoral dirá quién gana la Presidencia. Pero el proceso ya dejó una enseñanza: cuando el cambio no logra producir orden, el orden vuelve como promesa electoral.

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